El Cadáver de Catalina

Catalina era una joven singular, poseía un cabello corto y oscuro como la sombra. Su rostro inspiraba una sensación de inocencia, o más bien, de profundo desinterés. Ella no temía por nada, su semblante sin emociones transmitía una compañía fría y solitaria. Sus ojos aperlados y oscuros eran parte de esa sombra que la cubría de los demás.

Ah… Catalina, tenía un cuerpo ligeramente robusto, no tenía grandes pechos ni una buena cola, sus piernas, comunes por lo demás no contribuían en nada a su gracia, sensualmente no lograba brillar ante los ojos del resto, parecía que realmente una sombra la envolviese y como es natural, las otras chicas con un cuerpo deslumbrante eran quienes acaparan todas las miradas.

Está bien, puede parecer que no, pero está bien que sea así, que las chicas brillen y traigan las miradas sobre sí cual anzuelo lanzado al mar hambriento. Porque las sombras no hay que mirarlas, mucho menos a Catalina, pues una vez que lo haces, te consume, te consume inexplicablemente dejandote una marca, la sensación del vacío.

Una vez que caes en su sombra su piel, blanca, se vuelve un lienzo misterioso, sus pechos pequeños se tornan intrépidos, moviendose constantemente de manera hipnótica, haciéndo odies esa camisa, esa camisa que la oculta y que te separa de esas pequeñas joyas, lo mismo pasa con sus caderas. Se vuelven tan lejanas, oscuras y profundas que te exita dejarlas al descubierto. Catalina oculta su cola bajo pantalones anchos, y aunque no sean redondas y rellenitas el celo con el que permanecen ocultas se vuelve cálido y tentador, quieres bajarle los pantalones y gozarla, una y otra vez tener su piel entre tus manos, sostener la blancura de sus glúteos y sentir la textura lisa del tesoro escondido por ella.

Ah… Catalina, recuerdo cuando estuviste junto a mí, tus labios lentos no sabían como responderme, tu cuerpo frio y tieso, bajo la presión de mi pecho, mientras notaba en tu mirada ese silencio que solo tú sabes producir. No abrías tus ojos y yo sé por qué, los apretabas con cuidado para no tener que mirar. Nuestro primer beso terminó como empezó, en silencio y sin tocar.

Para nuestra primera noche te ví otra, cuando te quitaste la ropa y me tocaste, nuevamente Catalina, jamás me hablaste, mientras te acercabas a mí y caían tus pantalones, mientras alzabas tu pelo y mirabas al suelo. Te acaricié con miedo, toqué sin saber donde lo hacía, puesto que aunque mirara no podía ver. Recuerdo que no me atreví a dar el paso, pedí tu permiso tímidamente y me atrapaste entre tus brazos, sentí entonces por primera vez tu calor, sentí un pequeño fulgor bajo tu piel, mientras me abrazabas y acariciabas mi pecho.

Sentí el tacto frío de tu mano pero aún así agitaba mi respiración, movilizaba mi carne haciéndome sudar. Tome tu cadera y la sentí perfecta, rellenita, contorneada y suave, apreté suavemente para no lastimarte y te besé tras el cuello. Tu buscabas alcanzar mi boca con tus labios mientras tus manos rasguñaban mi espalda, tus piernas comenzaron a enredarse en mi espalda y pude sentir tu monte haciendo presión en mi pelvis, comencé a excitarme con el roce de tus vellos y mi erección se abrió paso hasta chocar cara a cara con tu entrepierna mojada.
Sentí tu mano en mi cuello, me detuviste. Entonces recordé y me puse un preservativo, te mire nuevamente a los ojos con cierto temor de encontrarme con esa muñeca de porcelana que tanto me asusta, pero te vi invitándome, dándome la pasada directo hacia tu interior, y comencé a empujar, penetré sin cuidado ese estrecho lugar, el roce de tus paredes me impacientaba, la sensación de calor y ligero dolor al rededor de la cabeza de mi miembro me hacían querer entrar en un bucle de metértelo y sacártelo infinitamente.

Estaba echando humo al sentir como tu calentura recorría a través del aire que respiro y la verdad es que no me aguantaba más. Me hubiese encantado seguir con nuestro juego de ir y venir pero estabas tan perfecta que no puede tolerar y me deje llevar por el impulso, me aseguré de chocar mi pene con la puerta de tu útero para eyacular satisfecho mientras veía que con cada chorro de esperma que hinchaba mi pene ella contraía su interior para aumentar el palpitar de nuestros sexos.

Me levante y la miré, lo supe en un instante, no estaba satisfecha, así que me quité el condón y bajé a su vagina para darle caricias con mi lengua. Mientras estaba ahí, abajo, sentía el olor delicioso que emanaba su perversión, el sabor de su libido acompañados de una pequeña melodía entramada por sus gemidos, ella tomó mi cabeza sin darme cuenta y comenzó a apretar mi rostro en su sexo, impidiendo que me levantara a respirar, así que abrí mi boca y comencé a succionar con mis labios. La sentía retorcerse mientras succionaba su clítoris, ella jugaba con mi pelo mientras yo la miraba y veía sus pezones erectos, los cuales jalaba tiernamente al mismo tiempo que me empujaba violentamente contra su sexo.

Ella gritó ahogada, y yo levante mi cabeza, tenía mi rostro empapado, y ella estaba desconcertada, me recosté a su lado tocando su cabello, le dije que era hermosa, tras lo cual dio un respiro profundo, y giró su cabeza hacia mí. No pude verla, estaba demasiado oscuro.

Ah… Catalina, es una lástima que no sigas viva, aún habiendo pasado tanto tiempo quiero llorar. Tu cadáver sigue durmiendo en mi cama, aparece con cada noche oscura que me recuerda a tu mirada, tal como dije en un principio, una vez que te atrapa la sombra, no hay forma de salir.

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