Una Cicatriz en la Princesa

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Caminaba como todos los días por los terrenos feudales de su padre. La princesa Kyara, hija del Rey Benedicto, era conocida por su noble actitud y su gracia inherente a su sangre azul. Cuánta gente se volteaba al verla pasar para hablar sobre ella, muchos levantaban extrañas historias, anécdotas mitológicas sobre la princesa que más allá de estar fundada en la extrañeza que rodeaba a la chica, parecía consolar a los cortesanos brindando la ilusión de que cualquiera podría tener una hija tan o más digna de llegar a formar parte de la nobleza.

Kyara sabía que detrás de los saludos y las miradas hipócritas de sus súbditos se escondía un sentimiento envidioso, el cual ella toleraba todo los días, manteniendo su temple, rezando para no perder la paciencia.

A sus jóvenes 15 años ella gozaba de ciertas libertades entregadas por su poderoso padre. Kyara prácticamente vivía sola en un sector de su palacio, con la compañía de dos de sus criadas de confianza, señoras de unos 30 años quienes la habían cuidado desde pequeña.

Kyara solo interrumpía su reclusión en el palacio a la hora de la cena, junto a sus padres y en su paseo obligatorio en el feudo. Era su responsabilidad ser el puente entre los reyes y sus aldeanos.

-¡Samira!, te he dicho que cuando laves mis piernas no eches perfume ahí- Exclamó refunfuñando Kyara.

-Lo lamento mi señora, pero, su cuerpo ha de emanar un aroma seductor incluso de sus pies si es que quiere que un noble príncipe caiga ante sus encantos- Replicó la criada.

-La gente, sabes… ¡¡Auch!!, ¡Nereida! frota con más cuidado- Reclamó La princesa a la criada que fregaba su espalda. Nereida con la ayuda de una tela finísima limpiaba con sumo cuidado la espalda de la princesa, la cual estaba llena de cicatrices, largas y amplias yagas que marcaban en carne su experiencia como una legítima hija del rey.

-Lo lamento, mi señorita, trato de ser lo más cuidadosa posible- Decía mientras acariciaba la espalda llena de cicatrices hechas por látigos.

Y no solo se trataba de su espalda, sino que también habían en sus brazos, piernas y pechos. Recorrían toda su piel a lo largo del cuerpo concentrándose en las partes duras y apretadas, como sus muslos. Mientras que en sus zonas blandas habían moretones, desde su culo, en su estómago y en sus senos. Sus grandes senos tenían marcas de heridas frescas y se podía ver la piel rosada que indicaba el ardor que sentía ella cuando sus sirvientas pasaban los trapos por su herido y delicado cuerpo.

-La gente me detesta, ellos no quieren a la princesa, quieren mi poder. Y cualquiera sería capaz de pasar por sobre mí por mera codicia u envidia- Meditaba la Kyara mientras habría sus piernas para recibir limpieza en sus partes íntimas.

-Mañana quiero que me traigan a un cortesano. Puede ser cualquiera, por favor que sea antes de medio día- Solicitó la joven princesa mientras bajaba su mano hasta su zona prohibida, su rostro comenzaba a sonreír tranquilamente y con los ojos cerrados gemía a gusto. Las criadas seguían perfumando y limpiándola.

A la mañana siguiente como lo había solicitado recibió a su cortesano. Era un aldeano promedio, algo pasado de peso y de unos 23 años.

-¿Casado?- Preguntó Kyara.

-Si, alteza… durante 5 años y 2 hijas…- Susurró con la cabeza gacha.

-Tranquilo, hombrecillo, que estás en mis dependencias, en esta zona del palacio yo soy la reina- Dijo acercándose a la mesa del salón e invitándolo a sentarse. -Mírame, ¿Que serías capaz de hacer por 30 monedas?- Dijo maliciosa, pero no recibió respuesta.

-¿Las quieres?- Preguntó jalándole el cabello. Con miedo el gimió un -Si-.

-Entonces agáchate- Dijo mientras con una sola mano lanzaba al hombre hacia abajo. Se quitó su elegante camisón y quedó desnuda frente al cortesano. Su cuerpo herido estaba expuesto, era un lienzo de color blanco impreso por rayas de color sangre y decorado con vellos poblados pero bien recortados y modelados.

La princesa enseñó una gran cicatriz a su invitado que atravesaba su vientre y le ordenó -Lámela-.

Mientras él lo hacía ella le decía -Un descendiente se me fue arrebatado, engendrado por mi padre y asesinado por mi madre-.

Asustado por aquello dejó de lamer y al instante fue azotado por un severo látigo en su espalda. Era Samira, quien se encontraba junto a Nereida observando la reunión.

Kyara lo recogió y lo despojó de sus ropajes, tomó su pene flácido y comenzó a apretarlo. El atrapado por un dolor imposible de tolerar comenzó a gemir. Pero la princesa tapó su boca y susurró en su oído -Las princesas no deben llorar- Y lo repitió mientras apretaba su pene con sus propias manos hasta que se aburrió.

-Tócame más ahora- Dijo recostándose en su lecho y abriendo sus piernas para él.

Con miedo miró hacia atrás para ver el dinero en las manos de una de las criadas. Y adolorido caminó hacia su princesa. Miró como los labios vaginales de ella estaban salidos hacia fuera y se veían de color morado. También recorrió con su mirada las piernas de las chica llena de múltiples moretones y cortes. -Bésalas- Ordenó ella, y así lo hizo el aldeano.

Comenzó a besar y a lamer sobre las cicatrices y sintió como la piel de la princesa elevaba rápidamente su temperatura, esa sensación de calor se iba transmitiendo lentamente hacia él que sin notarlo, no se había percatado aún de que su pene aumentaba en tallas.

-Una princesa debe ser pura, y su cuerpo no puede ser objeto de pecado, por eso ha de ser golpeado y mutilado, ¡¡para que jamás incite al pecado!!- Decía entredientes Kyara mientras el cortesano la besaba en las piernas. Su rostro la delataba decepcionada al sentir los fríos besos del aldeano, hasta que luego de unos minutos el besó su vagina.

La sensación de calidez y humedad la hizo sentir arder con la fuerza de la hoguera más grande. Por un momento desconoció su cuerpo y lo vió. No solo era un beso aquello que la estimuló, sino que esa calidez húmeda que recibía eran las lágrimas del hombre que caían sobre su vagina mientras el le daba sexo oral.

Ella le levanta la cabeza piadosamente con cuidado y seca sus lágrimas. Alza su mano y dice -Estas manos han sido golpeadas cada día de mi vida, para mantenerme recta como princesa, pues mi título lo es todo- Dijo antes de abofetearlo. -Mi zona íntima no es un lugar para llorar, ingrato-.

El joven inmóvil se quedó en el suelo, no sabía como reaccionar. Pero su princesa lo recogió y lo dejó de pié. Le besó en sus labios y le acarició la piel.

-Duele… sé que duele… pero ¿Acaso no es el dolor, la prueba última de que estamos vivos?- Tomó su miembro con sus dos manos y lo acarició hasta que se infló de sangre.

-Porque solo después de haber sido destruido es que realmente aprecias seguir aquí- Lo tumbó a la cama y se montó sobre su pene.

-Así mismo, has de saber y decirle a los demás que yo seré la señora de este reino. Ser noble es lo peor que me ha pasado, desearía ir por la aldea caminando libre de heridas y abusos como lo hace tu esposa- El aldeano se corrió dentro de ella y la princesa retiró el pene flácido de su interior dejando caer el semen, lo tomó con sus dedos y lo bebió.

-No durarías ni un segundo siendo yo, y dudo que alguien más pueda. No saben lo que desean cuando envidian mi nobleza y hablan a mis espaldas- Lanzó la ropa del hombre junto las monedas al suelo, para que este las recogiera y le abrió la puerta.

-Vete… y recuerda… Este cuerpo, estas cicatrices… No me hacen parecer una princesa… Me convierten en una Reina-.

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